Jóvenes y drogas. El papel de las familias


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No nos son ajenas lamentables escenas en las que aparecen importantes grupos de jóvenes en estado de embriaguez y bajo el efecto del consumo de otras sustancias.

Son numerosos los factores que han contribuido a la expansión de las drogas en nuestro país y las edades cada vez más tempranas en las que se inicia el consumo.

Se suele quitar importancia a estas situaciones, considerándolas como algo normal o “propio de la edad” y que no tendrá consecuencias. A esta “ceguera” en la valoración social han contribuido sectores que, al amparo de intereses económicos, tienden a asociar el consumo desde edades tempranas con un comportamiento “juvenil” y con unas vivencias “divertidas”.

Sin embargo, sabemos desde hace tiempo que esta percepción está totalmente alejada de la realidad. Muy al contrario, a menudo estos comportamientos se convierten en la puerta de entrada a situaciones que terminan en verdaderos dramas personales y familiares. Es frecuente que conozcamos casos en los que el fracaso escolar y social y las adicciones comenzaron con algunos “días de fiesta”. Entre nuestros jóvenes esta problemática se ve incrementada, dado que el uso recreativo de las drogas ha llegado a asociarse al ocio y que cada vez normalizamos más estas situaciones sociales.

Por otro lado, nos guste o no, tenemos que admitir que las drogas como riesgo social están ahí, esperando a nuestros hijos e hijas y que no se les puede guardar en una “urna de cristal”, por lo que lo mejor es prepararlos para que ellos mismos sepan hacer frente a estos peligros.

¿Qué puede hacer la familia para prevenir el consumo de drogas?

La familia es un poderoso factor que puede influir sobre la conducta de una persona. Por este motivo pretendemos aportar algunas orientaciones respecto a qué sería conveniente evitar y qué sería conveniente que las madres y padres hicieran para prevenir o corregir el problema la normalización del uso de las drogas de forma recreativa.

Sería conveniente evitar:

  • Pronunciar largos “discursos” desde un papel de personas que lo sabemos todo y a los que nuestros hijos e hijas deben escuchar sin rechistar.
  • Ignorar las señales de consumo como si fuesen “chiquillerías” sin importancia.
  • Alarmarnos en exceso ante cualquier señal de consumo como si ya fuesen adictos sin remedio.
  • No tener tiempo para charlar con nuestros hijos e hijas.
  • Adoptar una actitud excesivamente protectora y controladora
  • Adoptar una actitud excesivamente permisiva.
  • Hacer lo contrario de lo que les exigimos y que nos vean en estado de embriaguez o consumiendo diferentes estupefacientes., o bien con síntomas de hacerlo habitualmente. Los jóvenes perciben estas circunstancias aunque no lo creamos y se vuelven muy críticos con los adultos que no cumplen con lo que dicen.
  • Convertir el hogar en un lugar de difícil convivencia
  • Que el padre y la madre no estén de acuerdo en las pautas educativas básicas para con sus hijos.

Por el contrario, ¿qué sería conveniente hacer?:

  • Propiciar un ambiente familiar dialogante y afectuoso, sin caer en la sobreprotección.
  • Escucharlos y razonar cuando no se esté de acuerdo.
  • Atender a su marcha escolar y colaborar con el profesorado de los centros educativos.
  • Informar con veracidad y sin alarmismos de los riesgos de las drogas y el alcohol.
  • Llevar como padres y madres una vida sana y predicar con el ejemplo.
  • Animar a nuestros hijos a realizar actividades deportivas y culturales con su grupo de edad y con la familia.

Hay que tener en cuenta que estos aspectos, si se cumplen, actúan como factores de protección natural que reducen el riesgo de que los jóvenes caigan en el riesgo de consumo habitual y adicción.

 
 Un cordial saludo.
Soledad García Carmona y Raquel Salido Mota.

Psicólogas del Centro Sanitario Evolución

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